El riesgo de aceptar la pobreza

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Si existiera un indicador de la pobreza medida contra la posibilidad de no padecerla, un indicador que midiera la realidad frente a la potencialidad, sería tanto o más escandaloso que el hecho denunciado recientemente por el Papa Benedicto XVI. Hubo seis años de oportunidad con un contexto internacional favorable para que  Argentina se convirtiera en un polo de inversiones y empleo, situación que parece correr nuevamente el riesgo de retrotraerse a foja cero.

El período que estamos viviendo se asemeja al del año 1997, cuando el peronismo comenzaba a decaer en el poder, cuando comenzaba a crecer el desempleo y germinaba una pobreza que terminaría explotando en las manos del siguiente gobierno. ¿Estaremos repitiendo la historia? En todo caso, el crecimiento de la pobreza no es una casualidad, y las políticas clientelistas han comprendido que su consolidación es lo que las sostiene en el poder.

La pobreza es la empresa de la que son accionistas una considerable cantidad de políticos, punteros, intendentes y sindicalistas en pleno ejercicio, muchas veces socios al más alto nivel, como han dejado entrever las declaraciones de la ex ministra Graciela Ocaña.

Del otro lado de la vereda, ¿qué se puede hacer? La sociedad civil, representada por innumerables organizaciones sociales, invierte los indicadores de realidad versus potencialidad, dado que con muy poco es capaz de hacer mucho. Pero, a la vez, tiene el desafío de unirse para generar un impacto político mucho mayor. De otra manera, su actividad seguirá siendo, aunque valiosa, meramente superestructural y aleatoria.

Mientras la verdadera estructura, las instituciones capturadas por las mafias, generan una producción masiva de pobreza e indignidad, la superestructura trata de paliar en pequeña escala todo el daño que se hace a escala mayor. Por eso es esencial un cambio de enfoque: que las organizaciones de la sociedad civil adquieran una voluntad de impacto en el campo estructural, y no ya solamente donde significan una gota en el mar. Para ello habrá que dejar la acción aislada y exceder la propia misión, para trabajar en una agenda colectiva que modifique las condiciones de posibilidad de las tragedias que se buscan paliar.

Mucho publico en la Rural

La pobreza, en un país que tiene toda la posibilidad de no ser pobre, además de estar ligada al negocio esencial de una vasta dirigencia, corre también el riesgo de pasar a ser una categoría mental de aceptación colectiva, como ha sido el caso de la corrupción. Es asombroso el umbral de admisión que hemos desarrollado frente a esta última. No es que la corrupción no sea combatida porque no hay suficientes mecanismos institucionales para hacerlo. La evidencia funciona al revés: si no hay mecanismos institucionales de control efectivo es porque la sociedad sigue siendo indiferente al fenómeno.

Lo más importante, teniendo en cuenta este antecedente, es que la pobreza no corra la misma suerte. Si la pobreza es funcional a la política, la pregunta que es necesario hacer es, después de tantos años de frustración, si estos políticos no son secretamente funcionales a nosotros, el resto de la población. Porque ese sería finalmente el más poderoso circuito integrado, el mayor impedimento para la modificación de la realidad.

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