ÁFRICA

En África: Bobo-Dioulasso, el pulmón económico de Burkina

Lunes, 10 de Mayo de 2010 21:50

 

Redacción EM (Estelle de Andrade)
Relato de mi estancia en Bobo-Dioulasso, ubicada en la intersección de las carreteras que unen Malí, Níger, Costa de Marfil y Ghana.

Además de ser la segunda ciudad más grande en número de habitantes (algo más de 500.000) y el pulmón económico de Burkina, también es considerada como otra capital cultural del país. Centro artístico innegable se expresa tanto a través de la artesanía y la música, como durante ceremonias tradicionales: salida de máscaras, sacrificios y otros ritos animistas, relata Estelle de Andrade, misionera francesa, misma que en una ocasión hizo labor social en Manta.
A pesar de numerosas plantaciones y avenidas arboladas que suelen conferir a la ciudad cierta frescura y dulzura de vida, desde nuestra llegada estamos arrebatadas por un calor sofocante. Cielo y tierra en llamas. El color naranja doradillo asedia el espacio, los surcos y las fisuras. Corre sobre los árboles, los hombres, se propaga y se embosca detrás de los muros y las empalizadas. Las pistas de laterita vuelan hacia el horizonte en una nube de polvo y reflejos brillantes. Demasiado maquillado, el sol nos salpica de sus rayos deslumbrantes.
En torno a nosotras, una confluencia de calles populares y animadas: mujeres, el cuello estirado, que llevan en equilibrio sobre la cabeza gavillas de mercancías, algunos tenderetes donde proponen el famoso pollo “TV” (porque le vemos a través del horno); talleres de reparación para “dos ruedas”, “telecentros”, vendedores de frutas y hortalizas, y otros ambulantes en busca de un comprador poco probable. Más lejos, el mercado central: taparrabos con colores vivos, puestos bien adornados, un mosaico de color amarillo, verde y naranja. Sin embargo, aquí nadie demora: la gente viene buscar lo que necesita, no lo que le da la gana, o tan raramente.
En todas partes el murmullo de la ciudad: el ritmo sordo de una radio lejana que difunde las últimas canciones de moda; una estela de ciclomotores pedorreando, que esperan detrás de un camión ensordecedor, el zumbido de un autocar, la música del Dioula (una de las lenguas vernáculas de Burkina Faso), el sonido de los martillos sobre el metal que apenas alcanza a cubrir la llamada a la oración lanzada por el minarete de la mezquita cercana. Como un torrente, el “alquitrán”lleva, en una multitud de motos, bicicletas y otros carritos balbucientes tirados por un burro enfermizo, habitantes ocupados a sus negocios o apresurados a volver a casa. Cada pedazo de asfalto está invadido. Doblan, desaceleran, pitan, eslaloman. Varias colas se forman codo a codo. Al llegar la noche por fin el torrente se sosiega, se convierte en río y luego en arroyo.
Instalación y luego almuerzo en el hotel, donde salimos con nuestro guía, Ahmed, a visitar la parte antigua de la ciudad. En un laberinto de callejuelas y concesiones, musulmanes y animistas conviven en paz y siguen respetando tradiciones seculares. Una ocasión también para compartir con la gente del barrio el dolo, cerveza local  hecha con mijo, y encontrar a muchos artesanos: trabajadores de bronce, herreros, escultores de madera, tejedores, fabricantes de instrumentos… etc.
Continuamos con la visita de la Gran Mezquita, una joya arquitectónica de inspiración sudanesa, rematada con pináculos y coronada con dos minaretes picados de armazones de madera – que aseguran el mantenimiento de la obra. Descalzadas y sumergidas en la oscuridad, caminaremos en silencio, por la sala de oración, evitando molestar la serenidad del sitio.
Al día siguiente salimos para Koro, un pequeño pueblo bobo tradicional, erigido sobre un promontorio rocoso. Seguidas por una cohorte de niños, subimos hasta la cumbre en el paso de las mujeres cargando el agua sacada al pie del acantilado. La efervescencia es perceptible y cada una está ocupada con los preparativos de una ceremonia fúnebre que durará dos días. Algunas ya bailan al ritmo del djembe y del balafón, otras están preparando el tô, plato típico hecho a base de mijo y agua, manejando calabazas y ollas hirvientes. El ambiente es festivo, distendido y la vista panorámica sobre la llanura, hermosísima.
También nos marchamos a Koumi, otro pueblo bobo y a la Guinguette, zona donde es posible bañarse y refrescarse, en medio de una cubierta vegetal inesperada y de una vegetación lujosa, un pequeño rincón paradisiaco con sus orillas de arena y su río cristalino.
Por último, haremos una parada en la estación de tren de Bobo adornada con hermosas fachadas árabes antes de llegar a la Aldea Infantil de Dafra que acoge a más de cien huérfanos. Además del dispositivo social, las poblaciones próximas pueden beneficiar de las estructuras, entre otras educativas. Un jardín para niños, una escuela primaria y secundaria (480 niños), un comedor y una enfermería  están a disposición de la comunidad.
Regreso a Uagadugú con muchos recuerdos, imágenes y emociones, ricos y conmovedores por la intensidad de nuestros encuentros … emociones que suscitan una toma de conciencia, un cuestionamiento respecto a  las realidades de estas vidas, para el occidental , poco atractivas, de estos pueblos y aldeas sin atavíos y privados de los servicios más básicos (agua y electricidad), donde el aburrimiento acecha, pero donde hay que soplar sobre el polvo para descubrirlos en sus fuerzas y sus debilidades, sus risa y sus dolores. Lugares en los que uno no demora, pero que tienen mucho que decir.
Pero detrás de un decorado que atrae la atención y la curiosidad, se esconden terribles realidades: niños desnudos, con la mirada hambrienta y el vientre hinchado que invaden los barrios con aquella “sonrisa triste “, oxímoron fácil que se encarna en cada calle, en cada patio. Milagrosos que esperan un milagro. Un país que deja adivinar la miseria, el fracaso de las políticas de desarrollo, la corrupción… la distancia es corta de la compasión a la ira, luego al proceso de intención. Por no hablar de un sistema educativo y medical  deficiente, de los estragos del sida y la malaria, de las intoxicaciones relacionadas con el agua insalubre, la fiebre tifoidea… un cortejo de males que ilustran estas cifras inaceptables y, sin embargo reales: población que vive con menos de 2 dólares por día: 71,8%; Tasa de alfabetización: 21,8%; Desnutridos: 17%, Esperanza de vida media: 47 años…
La gente sufre en este país africano enclavado, pero lo hace con dignidad, casi en secreto, sin molestar a nadie. Aquí poco espacio para el individualismo. El apoyo mutuo, el compartir y la solidaridad son esenciales. Una solidaridad de pertenencia a la vida que es también la expresión visceral de una identidad común, donde el individuo se define en relación a otro, donde cada uno es responsable de todos. “El contenido de un maní es suficiente para que dos personas puedan compartirlo”. Proverbio burkinés

Foto:  En un recorrido por Bobo, en Burkina, hay mucho que observar, desde las mesquitas  hasta la preparación de los alimentos para la comunidad

 

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