En el país de los niños sin sonrisa

En el país de los niños sin sonrisa

Nueve meses después de Haití, Jaione Villares, enfermera, cambió la Clínica San Miguel por el sur de Pakistán, devastado por las inundaciones. Ha vuelto agradecida por haber podido prestar su ayuda.

“He podido disfrutar de poder ayudar”, asegura esta enfermera de la Clínica San Miguel

 

Nueve meses después de Haití, Jaione Villares, enfermera, cambió la Clínica San Miguel por el sur de Pakistán, devastado por las inundaciones. Ha vuelto agradecida por haber podido prestar su ayuda.

“He podido disfrutar de poder ayudar”, asegura esta enfermera de la Clínica San Miguel

 

Jaione Villares, con algunos de los atendidos. La mayoría fueron mujeres y niños. CEDIDA

CARMEN REMÍREZ . PAMPLONA Miércoles, 15 de septiembre de 2010 – 02:07 h.

LA peor sonrisa que existe es la de cortesía. No es falsa, pero sí muy triste. Con ella, apenas una débil sonrisa esbozada por educación, cuenta Jaione Villares Echaide (Urdax, 15 de mayo de 1981) que en Pakistán agradecían las madres los cuidados a sus hijos desnutridos. Los niños, ni eso. “A pesar del desastre, en Haití había alegría. En Pakistán, no. Más bien todo lo contrario. Tengo muy metida en la mente esa sensación de verles superados por la tragedia”, relata Villares.

Durante los once días en los que prestó su ayuda in situ, esta enfermera de la UCI de la Clínica San Miguel, en Pamplona, trató de remediar en lo posible la grave situación de desnutrición y malnutrición que aqueja a niños y mujeres, sobre todo, tras las riadas que asolaron el país este verano y provocaron cerca de un millón de desplazados.

“Las patologías que vimos son las típicas de una población que carece de agua potable: diarreas, disenterías, sarna, deshidrataciones, prevención frente a infecciones…”, explica. El anuncio del viaje, el segundo este año tras Haití, le pilló en pleno agosto. Gracias a la colaboración de sus compañeras de trabajo pudo cambiar los turnos necesarios y, de la mano de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) aterrizó en Islamabad el pasado día 27. Fue consciente de la magnitud del desastre ya desde el avión. “Vimos perfectamente la superficie de tierra anegada”. El agua se llevó por delante buena parte de los cultivos del país en una zona donde la población es eminentemente agrícola. “Algunos han podido salvar el ganado (búfalos y cabras), pero muchas personas de las que hemos tratado apenas tenían con ellos una muda de ropa”, dice. A pesar de la dureza, de los niños que no pudieron remontar el tratamiento y fallecieron a los pocos días, Jaione Villares, que dejó a un lado su título de delineante de construcción para dedicarse a su verdadera vocación, la enfermería, se trae un grato recuerdo. “He podido disfrutar de la experiencia de poder ayudar”. De la solidaridad del pueblo pakistaní, también. “Como pobres, están acostumbrados a compartir lo que tienen. Un compañero dio caramelos a unos niños y ellos, no sabemos de dónde los sacaron, pero a los días le obsequiaron con otros dulces. Nos quedamos alucinados”, expresa.

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